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La identidad como valor colectivo

Conocer y apreciar la cultura y el conjunto de valores que nos conectan con nuestro entorno… es tener identidad. Veamos por qué es importante y cómo contribuye a aumentar la calidad de vida de los ciudadanos.

Decidir nunca es fácil. En los últimos años se ha convertido en una tendencia entre los más jóvenes, y los no tan jóvenes, el preguntar a otros sobre qué hacer en su vida personal, sus estudios o su profesión.

Pero lo importante no es saber lo que opinen los demás, sino que es lo más conveniente para cada uno. Porque, a fin de cuentas, cada quien deberá correr con sus propias consecuencias.

La identidad nos marca e influye en nuestras decisiones

Todos los días hay que tomar decisiones, algunas son muy importantes, y otras no tanto. ¿Qué factores entran en cuenta a la hora de decidir? Tal como dice Hiram V. Bautista S. en su escrito sobre la influencia del pasado en las decisiones:

«En todas las acciones que el hombre realiza (refiriéndose como ‘hombre’ a la especie humana), viene implícita una carga de criterios que hemos recolectado a lo largo de nuestras vidas».

El pensar colectivo juega un papel fundamental en el éxito de cada decisión, por más intrascendental que pueda parecer.

Los hechos que hoy son historia, no son más que el producto de decisiones que otros tomaron, sin importar que hayan sido buenas malas. Por eso es tan importante, y casi un deber, aprender de ellas para sacar la mayor ventaja a las circunstancias que hoy nos rodean.

Para tener éxito, no basta con entender qué quieren las personas, o que se puede vender, estudiar o fomentar. Hay que ir más allá. Es necesario interpretar correctamente la aceptación que cada comunidad tiene ante lo nuevo. De esa forma se puede apuntar en la dirección correcta, y sacar mucha ventaja sobre quienes no entienden esto.

El papel del individuo en la sociedad

Cada persona contribuye activamente en el camino que sigue la estructura social a la que pertenece. Es decir, que cada persona toma decisiones dentro de la sociedad, en función de lo que considera mejor para sí misma.

De igual forma, entender qué ha sucedido en el pasado, provoca en la mente de los más irreverentes, el deseo de evitar a toda costa que los hechos sean iguales.

Dicha conducta se da por estar convencidos de que eso no es lo mejor para el beneficio propio, para quienes los rodean, o para las generaciones futuras. Se sienten impulsados por un sentido de responsabilidad inherente a su espíritu, que los lleva a tomar decisiones que la sociedad rechazaría.

El papel de la sociedad en el individuo

Acá es donde lo interesante toma forma. Cada sociedad es diferente y afronta los desafíos con los que se topa de manera distinta. Y hemos de recordar que, las experiencias del pasado influyen consciente o inconscientemente en las decisiones actuales, sean experiencias propias o colectivas.

“La ciudadanía es entonces la capacidad de las personas de hacer uso de sus derechos para perseguir su interés propio en un marco de respeto del derecho de los otros.”

Fuente: Artículo publicado en el Anuario del Departamento de Ciencias de la Comunicación. Facultad de Ciencia Política y RR. II. Universidad Nacional de Rosario.

Esto infunde en el sujeto una visión, ambiciones, deseos de conservar lo que tiene ―sea que lo haya obtenido por mérito propio o no―, y la convicción de que lo que otros han hecho en el pasado, debe seguir haciéndose para que la sociedad a la cual pertenece mantenga su identidad.

El problema del desconocimiento

Sin conocimiento de los hechos del pasado, se carece de identidad. Se podría decir que una persona sin identidad es como un barco a la deriva, que se mueve a donde lo lleva el viento y la marea.

No tiene un verdadero rumbo. El desconocimiento del pasado, forja un individuo que, lejos de dar un aporte significativo a su sociedad, camina como un autómata en un mundo de mantiene su propio ritmo, y que lo conduce a su antojo a perseguir intereses ajenos.

Un conductor que transita de noche por una autopista, y que no disponga de luces ni espejos retrovisores, está en mejor condición que aquel ciudadano que desconoce cómo los hechos del pasado han afectado, positiva o negativamente, a su sociedad. De allí la importancia de culturizar a las generaciones actuales.

El pasado en las decisiones de hoy

¿Cómo afecta el pasado a lo que se decide hoy? La respuesta a esta pregunta tiene una amplia gama de matices de los cuáles se puede cortar mucha tela, pero mencionaremos dos aspectos únicamente. El primero será cómo hacer que los cambios o movimientos de hoy sean de provecho. Y el segundo, tratará cómo el conocimiento del pasado fomenta el sentido de pertenencia.

Considerar factores del pasado con el enfoque correcto, contribuye a tener un mejor futuro. Por otro lado, entender el origen de una sociedad también resulta en que, quien adquiere dicho entendimiento, atesora más cada uno de los aspectos que lo identifican como miembro de la cultura en la cual fue criado.

El idioma, la comida, la manera de vestir, las canciones, las costumbres, los juegos, los monumentos, los edificios… forjan un sentido de pertenencia, generalmente acompañado del deseo de aportar algo verdaderamente útil a la sociedad.

Un mundo que avanza

También se deben contemplar los hechos recientes. La sociedad tecnológica de la que somos testigos, miembros y hasta protagonistas, ha provocado que comerciantes, estudiantes, gobiernos, empresas y demás, tengan que adaptar su enfoque a uno que integra internet, las aplicaciones y la conectividad.

Y el estudio de estos mercados, ha demostrado que cada cultura y región necesita un uso personalizado de la tecnología, que se adapte a la manera en que viven, piensan y sienten.

Conclusión

Lo que cada individuo puede aportar a su colectivo sin lugar a dudas es funcional, aunque no necesariamente es lo más favorable para él.

Comprender la identidad, idiosincrasia y cultura de su colectivo, le permitirá sentir un verdadero sentido de posesión y con ello, será un ciudadano más consciente y respetuoso.

«Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo» (George Santayana)